El 17 de enero de 1945, 5 días después de que empezara la ofensiva del Ejército Rojo, las tropas polacas que acompañan participan en la campaña ocupan Varsovia del banco izquierdo del río Vístula. Las luchas no duran mucho – las fuerzas alemanas, amenazadas de ser rodeadas, abandonan la ciudad. La orden de Adolf Hitler de convertir Varsovia en una fortaleza (Festung Warschau) queda sin ser cumplida.
Pero esta liberación era muy diferente a las múltiples liberaciones de las ciudades europeas que efectuaron los aliados a lo largo de la segunda guerra mundial. A los soldados que entraban en la ciudad no les esperaban ni flores ni lágrimas. Nadie les daba la bienvenida. Solo un silencio aplastante en un cementerio de ruinas. Varsovia estaba desolada, destruida, muerta.
Tras el Alzamiento de Varsovia (agosto-octubre 1944) la ciudad fue “evacuada”. Ya estaba muy destruida después de las luchas pero lo peor aún estaba por llegar. En los 3 meses que les quedaban en la capital lograron destruir un 30% adicional del casco urbano. Solo algunos de los monumentos más importantes se conservaron. Ya sea por cuestiones de estrategia militar o por milagro.
A partir del 17 de enero la gente de Varsovia: los que encontraron refugio en las afueras de la ciudad y los que acompañaban al ejército vuelven a la ciudad. Los primeros presencian el desfile de victoria entre ruinas que se celebra el 19 de enero. La bandera polaca volvió a ondear en las ruinas de los lugares más importantes de Varsovia. O lo que había quedado ellos, como la base de la Columna de Segismundo. Se empezó el proceso de la resurrección de Varsovia. Poco a poco, cadáver tras cadáver, mina tras mina, bomba tras bomba, piedra tras piedra, se habilita la ciudad para la vuelta a la normalidad. Una normalidad a la que la vuelta va a durar muchos años si no décadas.



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